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Que no lo separe el hombre
Autor: Director Antonio R. Schimpf. Seminario Concordia, José L. Suárez
Parece que todos lo hacen...

Juan y Cecilia se conocieron hace apenas seis meses. Ellos parecen ser buenos chicos. Hace unos días decidieron convivir juntos como pareja. Ninguno de los dos tiene trabajo estable. Ambos son todavía inmaduros y carecen de condiciones para velar por sí mismos, mucho menos por un hijo, en caso de que llegue. Los dos vienen de familias bien constituidas, pero los modelos de este tiempo influyeron en ellos más que el ejemplo y la enseñanza de sus mayores.

Nos hemos acostumbrado a ver como normales a las historias como la de Juan y Cecilia. Hay un tema en el cual el mundo secularizado está imponiendo su criterio, incluso entre los cristianos, y es el tema de la sexualidad y el matrimonio. La profunda distorsión que se ha hecho del designio divino acerca de esta temática debe ser considerada una tragedia. Sostener posturas bíblicas y cristianas sobre la familia y el matrimonio en estos días es exponerse al ridículo. Pero no es posible que como cristianos permanezcamos indiferentes ante semejante panorama. Es de vital importancia que los cristianos estemos dispuestos a orientar –o reorientar- nuestros criterios a la luz de la palabra de Dios.

La historia del principio es ficticia; la que sigue no lo es. Un artículo del diario Clarín del mes de Mayo pasado da cuenta que el 53 % de los bebés que nacieron en la Capital Federal durante 2001 proviene de parejas que no formalizaron su relación en el Registro Civil. Esta cifra nos ilustra sobre cuál es la práctica más habitual de nuestros días. Es obvio que esta práctica conlleva consecuencias morales y sociales dañinas difíciles de evaluar. Los cristianos no sólo tenemos la necesidad de buscar la voluntad de Dios sobre estos temas; es necesario que en palabra y vida seamos luz en este panorama sombrío.

¿En qué consiste el matrimonio? ¿Qué es una causal válida de divorcio? ¿Es posible el nuevo matrimonio para los divorciados? ¿Qué dice la iglesia sobre las nuevas modalidades de vida en pareja? ¿Qué debe hacer la iglesia frente a cada caso? Estas y otras preguntas deben ser contestadas a la luz de la Biblia. Aunque en la Biblia no están contemplados todos los matices de la realidad, sí hay principios que debemos conocer y reafirmar cada vez que el tema sea planteado. El método de Jesús, al ser consultado sobre el particular por los religiosos de su tiempo, nos da también a nosotros la pauta para reflexionar sobre la voluntad de Dios para nuestros días.

¿Acaso no leyeron?

En Mateo 19 se nos relata la situación en la que los fariseos vinieron a plantearle a Jesús la problemática del divorcio. Es evidente que tenían la intención de enredar a Jesús en una polémica que tenía dividida a la gente de sus días. La polémica giraba en torno a las palabras de Moisés en Deuteronomio acerca de la posibilidad de despedir a la esposa con una carta de divorcio. El grupo más estricto, encabezado por un rabino de nombre Shamai, autorizaba el divorcio por razones de peso. La otra escuela, más liberal, encabezada por Hillel, permitía el divorcio sólo por razones tan banales como cuando una esposa quemaba la comida.

Jesús no se dejó enredar por la cuestión y remitió el tema al principio, a la institución de Dios del matrimonio de Génesis capítulo 2. Los fariseos estaban preocupados por la cuestión del divorcio; Jesús les mostró su interés por el tema del matrimonio. Los fariseos llamaban "mandamiento" a la provisión de Moisés; Jesús la consideró como una simple "concesión" por la dureza de su corazón, esclerocardía en griego. Los fariseos, al igual que muchos judíos, tomaban muy a la ligera el tema del divorcio; Jesús lo tomó muy en serio y con una sola excepción llamó adulterio a todo nuevo matrimonio. Jesús fue al fondo de la cuestión: no habló de causales; se remitió a la institución misma de Dios.

Lo que Dios juntó

Si observamos con detalle Génesis 2.18-24, veremos de qué manera Dios resuelve el tema de la soledad del hombre. Dios hace una ayuda idónea para el hombre, en hebreo una ‘ezer kenegdó. La mujer se transformó en la contraparte del hombre, en la ayuda correspondiente. Por medio de la mujer, el hombre se reconocería a sí mismo como persona. La vida ahora se tornaría completa para el hombre, ya que había sido creado para vivir en comunión. El grado de unión descrita es de tipo física y psicológica. Se trata de dos seres que llegan a ser uno; no se trata de la simple unión de una de sus partes (por ejemplo, la sexual). El hombre que no había podido hallar esa ayuda idónea en ningún ser creado, ahora cuando Dios le presenta a la mujer, puede exclamar entusiasmado "esta sí es carne de mi carne y hueso de mis huesos".

El texto nos habla de la naturaleza del matrimonio. Al entrar en el matrimonio, la persona entra en una estructura establecida por Dios. El matrimonio difiere de otros tipos de uniones o acuerdos, en los cuales se entra y se sale por mutuo consenso (esto puede ocurrir incluso en el noviazgo). En el mandato bíblico se conjugan el "dejar" y el "unir". Se deja una manera de ser para entrar a un nuevo estado de vida. Ese nuevo estado consiste en una unión (en hebreo dabaq Rut 1.14; 2 Samuel 2.20; Deuteronomio 10.20), que involucra todos los aspectos de la existencia. Se trata de un pacto de amor, un pacto especial. La profundidad es tal que se describe como "una sola carne". No se puede romper o separar semejante unión sin que haya daño para las partes. Es una unión que va más allá de lo físico. El Nuevo Testamento tiene en tan alta estima esta unión que la pone en paralelo con la unión de Cristo y su iglesia. Por nada del mundo se puede tolerar un tercero en esta relación; todo pecado sexual atenta contra su santa naturaleza.

No lo separe el hombre

En Génesis no se provee ninguna directiva para el divorcio. Jesús, al exponer el texto, deja claro que el divorcio no es parte del designio original del Creador. Lo que Jesús le dice a los fariseos es que Génesis nunca dejó de ser la norma. La Biblia subraya que Dios, que creó el matrimonio, repudia el divorcio. Malaquías 12.13-16 y Jeremías 3.1 nos muestran con qué poco agrado Dios ve el divorcio, la ruptura del pacto conyugal.

Es obvio que los fariseos estaban considerando como "ley" lo que apenas eran una "concesión" dada por Moisés. Al leer con atención Deuteronomio 24.1-4 no podemos concluir que allí se haya instituido el divorcio del mismo modo que en Génesis se instituye el matrimonio. Lo que Moisés hace en Deuteronomio es regular una práctica que ya existía en varias culturas (incluso en Israel) y la limita en su costado más aberrante: que alguien despida a su mujer livianamente y para colmo, pasado un tiempo, vuelva a tomarla después de haberla expuesto a la vergüenza pública. En Israel, además, sólo el hombre podía despedir a su mujer, y no viceversa. Jesús, que conoce las razones del planteo, responde desde el designio original de Dios, desde la institución matrimonial. En otras palabras, Jesús dice que no existe la posibilidad de deshacer el vínculo matrimonial sin atentar contra la voluntad de Dios, sin cometer un pecado. Y si el divorcio llegara a ser el mal menor, entonces debería estar basado en una causal de peso. Ni pensar en eso despedir de "cualquier motivo".

La muerte sí, el hombre no

Si miramos el Génesis a través de la interpretación que Jesús le dio, queda claro que el matrimonio es mucho más serio de lo que la gente consideraba, tanto en aquel tiempo, como en nuestros días. Por otro lado, la Biblia nos muestra el impacto devastador que la realidad del pecado tuvo sobre esta institución de Dios. Como iglesia, por un lado, estamos llamados a poner en alto el ideal de Dios sobre los temas del matrimonio, la sexualidad y la familia. Esto nos obliga a llamar las cosas por su nombre, aun con el riesgo de ser acusados de retrógrados. Pero por otra parte, como iglesia estamos llamados a asistir y restaurar a todos aquellos que han sido víctimas del pecado y están dispuestos a encaminar sus vidas de acuerdo al propósito divino. Y cuando nos empezamos a ocupar de estos temas, los casos se multiplican en cantidad y en matices, requiriendo de nosotros sabiduría y firmeza a fin de prevenir, restaurar y curar.

Una cuestión fundamental son las causales legítimas de divorcio. Jesús menciona como causal la palabra "porneia" que ha sido traducida como fornicación o inmoralidad sexual. En Mateo 15.19 esta palabra se la coloca al lado de "moicheia", que significa adulterio. Porneia puede referirse a toda conducta sexual desordenada, sea ésta de tipo hetero u homosexual. Jesús considera que un pecado de esta gravedad puede ser motivo para que un matrimonio se separe; no obstante, aún en casos de infidelidad, siempre existe la posibilidad del perdón y la restauración, no siendo el divorcio algo obligatorio o inevitable.

La otra causal que se considera válida para el divorcio es el llamado "abandono malicioso". Esta conducta está descrita en 1 Corintios 7.10-16. Se trata del caso en el cual uno de los dos abandona a su esposo/a por incompatibilidad espiritual, cuando la parte no creyente considera intolerable vivir al lado de una persona creyente. Hay situaciones en las que una parte, arrastrada por vicios y debilidades, abandona todos los deberes del pacto matrimonial, especialmente los de amar y respetar al otro. Muchos consideran que ésta también es una forma de abandono malicioso, aunque la persona no se haya ido de la casa, y aceptan como válido reclamar un divorcio en estos casos. Podríamos agregar un denominado "divorcio en defensa propia" cuando la parte más débil es sometida a violencia continua, sin posibilidad de cambio o recapacitación del agresor.

Lo que junta el hombre

El tema del divorcio desafía a los cristianos y a toda la iglesia en su acción pastoral. La misión de la iglesia implica tratar con los pecadores, ayudándoles a restaurar sus vidas, a elegir los mejores caminos, a ajustarse al designio divino. El divorcio siempre debe ser la última instancia, el mal menor cuando ya se han agotado todas las demás vías. Aún así, es necesario actuar con prudencia, tratando de no "bendecir" el divorcio del mismo modo que se bendice el matrimonio. Lamentablemente, la iglesia se encuentra, en más de una oportunidad, con los hechos consumados, y ya no es posible dar marcha atrás con la historia. Ya hay hijos en una nueva relación, hay conciencia del fracaso anterior, hay búsqueda de algo mejor, no queda nada del pacto anterior, es imposible restaurar la unión anterior.

¿Cómo actuar frente a los diferentes casos de divorcio? A veces los cristianos hemos sido más duros con los que fracasan en su matrimonio que con el resto de los pecadores. Toleramos quizá a los mentirosos, a los avaros e hipócritas que hacen tanto daño en la iglesia, pero somos crueles con los divorciados. Es necesario recordar, también aquí, que el único pecado imperdonable es el pecado contra el Espíritu Santo. Cuando tratamos con los divorciados, así como quienes han caído en otro pecado, ha de movernos el amor y la intención de guiar a las personas a un estado espiritual mejor.

El divorcio, en términos bíblicos, implica la posibilidad de un nuevo matrimonio. El matrimonio, al ser un pacto, puede romperse. La persona casada, al violar su pacto matrimonial, deja de ser casada. Una persona bautizada no puede "desbautizarse", ya que se trata de un sacramento. Sin embargo, el matrimonio, siendo un pacto, es posible de romperse (aunque exponga al pecado a sus integrantes). Algunos niegan toda posibilidad de un segundo matrimonio para los divorciados. El segundo matrimonio es un asunto muy delicado, pero la iglesia debe contemplarlo, a pesar de las reservas del caso. No se debería avalar –ni bendecir– un segundo matrimonio si las personas involucradas no muestran frutos de arrepentimiento.

El segundo matrimonio puede incluir a la persona que ha sido culpable de un divorcio, pero es necesario constatar un arrepentimiento de verdad. Tenemos que diferenciar entre frutos del arrepentimiento y frutos de la impenitencia. El verdadero arrepentimiento implica: a) desistir del pecado del que uno está arrepentido; b) restaurar, hasta donde sea posible, lo que el pecado ha arruinado; c) enmendar la propia vida, reemplazando lo malo por bueno y d) hacer todo para la gloria de Dios, sea comida o bebida, trabajo o placer. Cuando se trata de la ruptura del pacto matrimonial esto implica aceptar la responsabilidad frente a Dios y la iglesia por el daño causado, levantando las ofensas que el divorcio provocó en el ámbito familiar y buscando sinceramente la dirección divina. La iglesia no debería bendecir públicamente a quienes no han formalizado su relación ante el estado, quien tiene el rol –en nuestra sociedad– de certificar la legalidad de la relación.

Para enfrentar los múltiples casos que se presentan, para ordenar la situación en nuestras propias congregaciones, para prevenir nuevos casos por "contagio", para ayudar a las personas a construir sus relaciones sobre bases más firmes pueden servir de ayuda algunos principios del siguiente cuadro de resumen.

PELIGROS


Indiferencia frente al pecado

(1 Corintios 5.1, 6).
Juicio precipitado (Juan 8.5; Génesis 38.24).
"Debe morir apedreada" / "Quémenla"
Criterios del tiempo presente (Mateo 19.3).
"Por cualquier causa"
Lenguaje engañoso:
"Estamos a prueba" / "Nos queremos"
Interés en las causales de divorcio (Fariseos)
Informalidad y relaciones superficiales
"¿Para qué papeles?"
Autojustificación, autoengaño
"Todos los hacen"
Ausencia del tema en la predicación
y la enseñanza
Declarar imperdonable al arrepentido
(2 Corintios 2.5 y sgts.).
NECESIDADES
Disciplina (1 Corintios 5.2, 5; Mateo 18.15).
"Apártenlo" "Repréndelo"
Amor y perdón al arrepentido (Juan 8.11).
"Ni yo te condeno"
El propósito de Dios (Mateo 19.6).
"Para toda la vida"
Llamar las cosas por su nombre (Juan 4.18).
"No es tu marido"
Enfoque en la institución divina (Jesús)
El matrimonio como relación profunda
(Cristo y la Iglesia como modelo)
Autoexamen, arrepentimiento
(1 Juan 1.8-9).
Educación y prevención (Deuteronomio 6.6-9).
"Estas palabras estarán sobre tu corazón"
Absolver y restaurar (2 Corintios 2.7-11).
"Yo también lo he perdonado"

NOTA: Los pastores del distrito Buenos Aires han estudiado con profundidad el presente tema y el fruto de esta reflexión fue plasmado en un documento que puede ser estudiado en las congregaciones. El que lo desee puede solicitarlo a: concordia@asit.org.ar

Fuente: Congregación San Lucas de Banfield -  Provincia de Buenos Aires  deglesia Evangélica Luterana Argentina

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